lunes, 7 de octubre de 2013

Buñuel visto por (2). . . Jeanne Rucar (Su esposa)

     Jeanne Rucar (1908-1994) fue la esposa de Luis Buñuel durante 50 años. En 1990 publicó sus Memorias de una mujer sin piano (como en el caso de su marido escritas por otra persona) . El texto que sigue a continuación está sacado de dicho libro. Como es habitual en esa serie de BUÑUEL VISTO POR..., aunque se reestructuran sus declaraciones para hacer su lectura más amena y provechosa, se respeta el texto original.
     Luis me dijo: “No es decente Jeanne, se te ven las piernas”, y dejé de hacer gimnasia… “Para tocar como tocas…sería mejor no hacerlo…”, y dejé de tocar el piano. Me hice amiga de una italiana que comenzó a venir a casa y Luis me dice:“Dile que no venga”. A veces le pedía prestado un libro: “No leas eso, Jeanne, no vas a entender.” Era celoso de mis actividades: me quitó el piano,… la gimnasia, y cuando mis hijos se fueron descubrí la encuadernación, también me la quitó. Nunca me atrevía a oponerme a Luis.
     Comprendía a Luis: reservado, celoso de su vida privada, ni siquiera la compartía con nosotros: sus mujer y sus hijos… Mi marido no hablaba conmigo de política. Me parece que era antitodo: antifranquista, antirrepublicano, antimonárquico, antidictadura… No me habló de dinero ni de nada referente a él…Luis no gastaba en nada…En lo único que gastaba era en su colección de pistolas, llegó a tener una veintena.
      Desde Madrid, Luis estableció la regla siguiente: él tenía derecho a recibir a sus amigos en casa, yo no…Cuando Luis recibía a sus amigos…me pedía: “Jeanne, ve a tu cuarto o a la cocina, déjanos solos”…Luis siempre me mantuvo alejada de su vida intelectual, de sus amigos, sobre todo los primeros años de matrimonio, ¡era tan celoso!... Si salía tenía que regresar a casa a las cinco en punto. Él invariablemente, me esperaba en la puerta. Si me pasaba unos minutos de las cinco me reclamaba…Nunca pensé en divorciarme de Luis; era celoso, dominante, y también tierno y con sentido del humor, alegre. A lo mejor mi carácter dócil contribuyó a que casi nunca nos disgustáramos, al menos él jamás se enfadó conmigo. 
     A él le gustaba hacer el amor en las tardes, cerraba la puerta del cuarto y ponía un suéter en el picaporte para que nadie mirara por la cerradura…Sin moros en la costa se sentía más tranquilo, era muy puritano en los asuntos relacionados con el amor… Las mujeres guapas siempre lo hicieron suspirar; gozaba haciendo el amor. Si no fue tan mujeriego y me fue fiel se debió a sus principios y al amor que me tuvo.    
  Luis no permitía palabrotas en casa… era serio, no sabía jugar con los hijos…Le faltó acercarse más a ellos cuando niños y adolescentes, darles más tiempo…Los niños no podían traer a casa amigos: a Luis le molestaba el ruido…Aunque fuese fin de semana o día feriado no los dejaba dormir tarde.
     A Luis no le gustaba hablar sobre sí mismo. Concedía pocas entrevistas…Se encerraba a leer en su estudio, leía enormemente… Sólo viajaba por cuestiones de trabajo –también le temía al avión. Antes de subirse, bebía un Martini, era casero, como yo
     Luis, siempre que salía, me dejaba el número de teléfono en donde poder localizarlo… Casi nunca íbamos al cine, las películas que veíamos eran en sesiones privadas: o en los estudios o en las casas de los directores.
     Luis era gentil conmigo, me cuidaba, supo amarme… Con Luis me lo pasé divinamente. Al sacar un balance de nuestra larga vida juntos, veo que la mayor parte del tiempo fuimos felices, tuvimos alegría.
     Me parece que el motivo por el cual siempre me excluyó, tanto de sus conversaciones íntimas con sus amigos, como de su vida intelectual, fue su machismo: Luis fue un macho celoso. Su mujer debía ser una especie de niña-mujer sin madurar. Nunca me habló de sus proyectos, sueños o guiones, de cómo manejar el dinero, de política, de religión. No tuvimos ni ideas ni responsabilidades compartidas. Él decidía todo: a dónde vivir, las horas de comer, nuestras salidas, la educación de los hijos, mis aficiones, mis amistades. Siempre festejó mis ocurrencias, la comida que le preparé, a diario, desde que nos casamos, la ropa que me confeccionaba. Me alentó en el bordado y en la costura: ambos se hacen en casa. Siempre fue cariñoso y me protegió. Sé que ya no se estila ese tipo de relación en la pareja, que las mujeres jóvenes exclamarían: «Qué horror.» Para mí no fue un horror, en verdad fui feliz. ¿A quién no le gusta ser protegida por el hombre al que ama?
Fuente:
Jeanne Rucar de Buñuel: Memorias de una mujer sin piano. Alianza, Madrid, 1991

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