domingo, 13 de marzo de 2016

El "estilo" de Luis Buñuel (I)

El cine es fácil de hacer y no tiene secretos. Los problemas técnicos los resuelven los especialistas. Para ser un buen director de cine hace falta lo mismo que para ser un buen escritor: tener las ideas claras, saber lo que se quiere decir y decirlo de la manera más directa posible.[1]
Lo que siempre necesito es tener la cámara en movimiento –claro que sin que sea evidente– porque creo en el poder hipnótico de la imagen dinámica. Lo que yo llamo adormecer al espectador.[2]
 Hemos hablado en anteriores ocasiones del guion, rodaje, dirección de actores y montaje, que indiscutiblemente dan una visión de conjunto del “estilo” de Luis Buñuel. Aquí vamos a completarlo con algunos comentarios que su obra ha suscitado y que nos ayudan a redondear la comprensión de su forma de hacer:

“A lo largo de su obra surge un estilo plástico no exento de grandeza. Estamos en las antípodas del narcisismo de Welles: en Buñuel nace una personalidad estética a fuerza de no quererla, de ir directo a lo que ha visto y sentido sin pretender embellecerlo. Y la materia, la presencia absoluta de la materia y su espacio, trasluce el mensaje único de su “ser”.[3]
Por haber trabajado en los días del mudo , Buñuel atesora lo más difícil: un estilo sencillo y claro. Mientras otros necesitan una docena de planos para narrar el inicio de una relación, para analizar un estado de ánimo, Buñuel lo resuelve con uno o dos encuadres....Panorámicas que descubren un decorado, travellings que acercan o alejan intensidad, abundancia de planos medios, lejanía en algunos emplazamientos de la cámara justo cuando nadie diría que aquello es lo más aconsejable, fascinación por los insertos y los objetos. Es un clásico. La subversión no viene de su puesta en escena, viene de su cabeza.[4]
Los filmes de Buñuel basan su dinamismo en la sucesión de hechos. Sus películas están llenas de acontecimientos y no hay secuencias contemplativas o escenas de reposo, excepto cuando quiere presentar efectos de contraste o insistencia en la “rehabilitación de lo real cotidiano”[5]
El sentido del ritmo, cualidad compleja y difícil de definir, es una de sus mejores cualidades. Su modo de hacer se emparenta directamente con la gran tradición de los narradores cinematográficos norteamericanos, caracterizada por una extraordinaria eficacia de todos los recursos y figuras retóricas, por subordinar los elementos y disponibilidades al fuego de los actores y a la línea dramática. Esto exige eliminar todo lo accesorio, todo lo que no tenga una misión clara y definida en el plano, y renunciar a toda brillantez, a todo divismo técnico, para concentrarse en el juego limpio de los actores, que debe ser observado con objetividad, sin añadidos visuales, sin trucos ni efectos que subrayen su interpretación. Buñuel, si cabe, va aún más lejos en esta línea, al prescindir de los acompañamientos musicales, y atenerse exclusivamente a la imagen dinámica, a los diálogos significativos y elocuentes. Buñuel tiene el don del ritmo, de la acomodación de movimientos, gestos y acciones a duraciones estrictas que se integran entre sí armónicamente.[6]
Su estilo es de una gran modestia. En su etapa mexicana abundan los planos americanos (los americanos lo defienden porque a su juicio permite conseguir una gran fluidez de acciones y reacciones dentro de una misma escena y se logra al mismo tiempo que el espectador consiga un sentido de unidad de toda la escena. Utiliza, relativamente, las tomas largas reservando las cortas para ciertos momentos de clímax; Sus planos y ángulos de tomas son tan escasos, cortos, y funcionales como los de Hawks. Con frecuencia presenta la luz sin viveza aunque en las secuencias de los sueños, y concretamente en Los olvidados y Viridiana se convierte en una clave totalmente misteriosa…
En sus películas falta claramente la elegancia formal que algunos confunden con la auténtica belleza; también está ausente el haragán lánguido, como una estratagema trivial con que se pretende conseguir a veces una sensibilidad emotiva.
Sus películas tienen tal rapidez que convierten la belleza en convulsión, un momento cualquiera en un proceso, quizá en un clímax, pero que no es más importante que el proceso en su conjunto. Sus películas sorprenden por la rapidez con que brota la belleza, fuera de lo acostumbrado, y desconciertan por la velocidad con que se mueve desde lo hermoso al anticlimax en un proceso ininterrumpido…
Las películas de Buñuel poseen una profundidad dialéctica en cada uno de sus personajes, en cada suceso; esto no es una afirmación de algún punto en concreto, sino que es la síntesis de extremos opuestos.
El papel de las contradicciones en las realizaciones de Buñuel es muy agudo.
El sentido del desorden de la vida explica, también, por qué las películas de Buñuel son, con frecuencia, visualmente sucias. Los motivos o contornos de sus personajes se encuentran muchas veces confundidos con los objetos…
Sus películas tienen también fondo y argumento. Pero nos podríamos llamar a engaño con esta palabra si no recordáramos que la lógica de las películas de Buñuel es, naturalmente, una lógica dramática. Su contenido puede ser moral o filosófico, pero su forma es dramática.[7]
El estilo de la última etapa de su filmografía...la (i)lógica surrealistas de sus mecanismos expositivos, su fragmentarismo extravagante y juguetón, encierran en sí mismos una fría y meticulosa observación de personajes y escenarios, como si el mundo fuera una especie de teatro del absurdo...
A partir del inicio de su carrera mexicana, Buñuel parece tomar definitivamente una decisión integradora, aplicar de una vez por todas y hasta el fondo las intuiciones producto de sus tres primeros filmes: debiendo en principio plegarse a unas determinadas convenciones, ensaya en su propio marco una síntesis de sus caminos anteriores. El resultado es una táctica, un estilo –quizá uno de los más recónditos y originales de la historia del cine- de cuyo ámbito no se moverá hasta el fin de sus días, pero que, simultánea y paradójicamente, irá explorando y rastreando hasta su agotamiento, transmutándolo y diversificándolo según las circunstancias.[8]
“En el caso de Buñuel se puede afirmar que es absurda la distinción entre forma y fondo, pues la expresión es la unidad en que una y otra se hallan fundidas. La violencia y el sadismo, como medios de comunicación, no solamente aparecen en sus argumentos, ideas y situaciones, sino...en la manera de presentar dichas escenas, en el brusco impacto que pretende conseguir en el espectador por medio de una deliberada técnica de montaje y ritmo de “choque”, en la eliminación de la belleza estética –para evitar la sensación de agrado– y, por último, en la calidad enervante, táctil, de muchos fotogramas.”[9]
"Todos sus filmes se someten a la más conservadora ordenación rítmica del buen cine; el  prólogo, en que el autor propone la règle du jeu; el planteamiento, a veces rapidísimo pero otras muy penoso y hasta aburrido, sobre todo en las comedias psicológicas; el desarrollo, con un par de clímax brutales sacudiendo al espectador generalmente en la quinta y novena bobinas, seguidos de algunos minutos de secuencia ligera de contenido (breve trozo documental, episodio anodino, escena cómica), cuyo objeto es relajar al espectador de la escena anterior. Y siempre ese final rapidísimo, precipitado, que nos llena de angustia y estupor, pocos segundos antes de que la película se apague y enciendan las luces de la sala. A Buñuel no le gusta que se hable de su estética, pero no cabe duda de que existe.”[10]
Buñuel, sin desdeñar lo formal, se inclina por resaltar los contenidos...La plasticidad es gratuita cuando no expresa algo, cuando permanece al nivel de la sinfonía visual, añadiendo que la forma no debe distraer al espectador del contenido de la obra: la moral de la película debe permanecer a la vista, sin ocultarse tras los detalles ornamentales...Comparado con el esplendoroso barroquismo formal de Eisenstein, la austeridad ética y estética, antirretórica, del cine mexicano de Buñuel puede parecer excesivamente sobria e incluso seca, aunque su parquedad expresiva –a su vez- posibilita la exposición directa de los contenidos y el salto a la realidad “última” que encontramos en muchas de sus imágenes...
Buñuel, enemigo de la obra didáctica y de bellezas idealizadas, en cuanto ganó su primera oportunidad de libertad de expresión, llamó a “los olvidados” a entrar a saco en el convite del arte.[11]
Buñuel aborda el cine como la arquitectura. Excluye la ornamentación, todo carácter técnico ostentoso de un lenguaje; así, alaba la modestia del juego de Keaton, opuesta a la grandilocuencia de Jennings, como un raro ejemplo de actor que sabe intervenir en el “engranaje rítmico y arquitectónico de la película”. Este engranaje...se construye a través del desglose, fenómeno inmanente de la película, que sólo los profesionales como Buñuel son capaces de elaborar partiendo de su cine interior.[12]
Buñuel posee una maliciosa concepción de la escritura cinematográfica. Buñuel, cuando ha de preparar un plano, se interesa menos de encontrar el encuadre que por conferir a cada escena una imperceptible connotación que pueda activar la presencia de un clima o venir a llenar un espacio. Siendo como es un realizador a quien la filosofía del lenguaje no preocupa de una forma directa, se deja llevar a menudo por la intuición, por el humor del momento o por gusto hacia el "bricolage". Así pues, eventualmente su única lucha consiste en relegar todo aquello que pueda convertirse en un halago formal, en renunciar a todo efecto demasiado seductor para ser honesto, y, sobre todo, en suprimir las facilidades que permite la música de acompañamiento: le importan tan poco las leyes del contrapunto como al pájaro que canta encaramado en un árbol. De film en film, Buñuel se aparta cada vez más de las florituras y se fía cada vez menos de las irrupciones oníricas excesivamente obvias.
En este camino hacia la desnudez estilística emprendido por Buñuel, Tristana constituye una especie de maduración. A primera vista se podría convencer a cualquier observador atento de que este film no se distingue en nada de cualquier otro producto artesanal correctamente realizado. Pero precisamente en ese en nada es donde reside todo lo mejor de Buñuel… Imitando la trivialidad, nuestro autor embrolla las pistas y entremezcla jocosamente las invenciones espontáneas, la meditación grave, los guiños, un sentido de la creación reciamente elaborada o acentuadamente fluida, así como una cierta fusión de lo burlesco y lo trágico, de la disciplina desenvuelta y la desenvoltura disciplinada...Aquí no hay el menor indicio de estetización artificiosa ni de ensoñaciones espectaculares, sino que está claro que Buñuel pone en práctica un cauteloso plan de ataque, cuyo objetivo no es otro que el de asegurarse la eficacia.[13]
Y en el “mal acabado” de sus películas, en esa espontaneidad y hasta despreocupación por los aspectos formales deliberadamente buscada, parece haber una voluntad de estilo que deja la obra abierta a dicho orden escondido de los procesos del inconsciente. De este hontanar proceden, en la mayoría de los casos, esas imágenes y símbolos que conmueven, fascinan o desasosiegan al espectador: “iluminaciones”, “imágenes visionarias” que surgen en la pantalla inesperadamente, dotando al relato fílmico –que en su superficie se ajusta a las convenciones estereotipadas del género- de una hondura vital y artística rara vez alcanzada en otras cinematografías de mayores pretensiones artísticas.[14]
Muchos filmes de Buñuel presentan “errores o defectos” en la forma. “¿Hace Buñuel esto por incompetencia, por descuido, por pereza o por genialidad? Estoy convencido de que es por pereza. También sé que Buñuel es perezoso sólo cuando puede permitirse serlo. Cuando hace una de las chapucerías mencionadas sabe que en nada perjudica a la narrativa ni al contenido, sino sólo a la corrección artesanal de la obra. A Buñuel la corrección artesanal de los aspectos no esenciales le deja indiferente. Además, no está exento del pecado de malicia y sabe que haciendo estas cosas desconcierta a los críticos y molesta al buen burgués que lo quiere todo bien hecho.”[15]
Ver continuación: El "estilo" de Luis Buñuel (II)


[1] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.52
[2] Juan Cobos: Entrevista con Luis Buñuel. Griffith, nº. 1. Junio de 1965.Pág.402. Tomado de: J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975
[3] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.26
[4] José Luis Garci: La 2. En: Nickel Odeon, nº 13, invierno 1998, Pág. 38
[5] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.219
[6] Antonio Lara: Lectura de "Tristana", de Luis Buñuel, según la novela de Galdós. En: La imaginación en libertad. Universidad Complutense, 1981, Pág. 200
[7] Raymond Durgnat: Luis Buñuel, Fundamentos, 1973, Pág. 25
[8] Carlos Losilla: A propósito de la mirada buñueliana. En: Vértigo, nº 11, marzo, 1995, Pág. 22
[9] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.101
[10] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.98
[11] Víctor Fuentes: Buñuel en el contexto artístico cultural... En: Turia, nº 23, febrero 1993, Pág. 168
[12] Jean-Michel Bouhours : Buñuel 100 años. Es peligroso asomarse al interior, Instituto Cervantes, 2000, Pág. 223
[13] Freddy Buache: Luis Buñuel, Guadarrama, 1976, Pág. 95
[14] Víctor Fuentes : Los mundos de Buñuel, Akal, 2000, Pág. 74
[15] J. Francisco Aranda: Luis Buñuel, Lumen, 1975, Pág.99

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