domingo, 23 de abril de 2017

Buñuel y el milagro de Calanda

“La cuestión religiosa, obsesión más bien, nace en su infan­cia, creo. Las misas infantiles, los milagros, la liturgia, los san­tos... Todo eso le atrae de una manera muy fuerte y lo ha estu­diado enormemente. Un ejemplo clásico: el milagro de la pierna, el hombre de Calanda que pierde la pierna y se la entierran, y, ya enterrada, va el hombre todos los días ante el altar y se unta aceite en los dedos para pasarlo por el muñón, hasta que los án­geles le traen de nuevo la pierna. En fin, este milagro él lo cuen­ta con un orgullo muy curioso y muy especial, como diciendo que es el milagro más impresionante que hay en la historia ca­tólica. Me ha hablado de este milagro yo creo que como cincuenta o sesenta veces. Le atrae enormemente esa historia de mi­lagrería, y cuando, no hace mucho tiempo, hubo un centenario o, en fin, una de estas fechas religiosas, su hermana le mandó una serie de artículos de El Heraldo de Aragón que hablaban del milagro y de las ceremonias que se habían celebrado, y él los recibió con un gusto enorme, y los archivó y los guardó, porque todo eso le interesa con una fuerza enorme.[1]
Nuestra fe era realmente ciega —por lo menos, hasta los catorce años— y todos creíamos en la autenticidad del célebre milagro de Calanda, obrado en el año de gracia de 1640. El milagro se atribuye a la Virgen del Pilar…
Ocurrió que, en 1640, la rueda de una carreta le aplastó una pierna a un tal Miguel Juan Pellicer, vecino de Calanda, y hubo que amputársela. Ahora bien, era éste un hombre muy piadoso que todos los días iba a la iglesia, metía el dedo en el aceite de la lamparilla de la Virgen y se frotaba el muñón. Una noche, bajó del cielo la Virgen con sus ángeles y éstos le pusieron una pierna nueva.
Al igual que todos los milagros —que, de lo contrario, no serían milagros— éste fue certificado por numerosas autoridades eclesiásticas y médicas de la época y dio origen a una abundante iconografía y a numerosos libros. Es un milagro magnífico, al lado del cual los de la Virgen de Lourdes me parecen casi mediocres. ¡Un hombre, «con la pierna muerta y enterrada» que recupera la pierna intacta! … [2]

domingo, 9 de abril de 2017

El carnuzo y lo putrefacto en la obra de Luis Buñuel

En el último post analizamos el significado y origen de los 
La edad de oro
vocablos putrefacto y carnuzo. Aquí vamos a ver su amplia presencia en la obra de Buñuel, tanto literaria como cinematográfica. Sirva como introducción este texto de Sánchez Vidal: “Ahí están las carroñas de los obispos en La edad de oro, procedentes de Valdés Leal, de quien tomó también el título de El ángel exterminador; o el sepulcro del Cardenal Tavera, que aparece en Tristana y Un proyecto  de cuento; por no hablar de las estatuas animadas o los espectros de aparecidos, como el del Tenorio que se refleja en el "Mitrídates, cadáver recalcitrante" de Hamlet y El discreto encanto de la burguesía o la estatua vengadora de la leyenda El beso de Bécquer, utilizada en El fantasma de la libertad. Es el tema del carnuzo, tratado específicamente en La agradable consigna de Santa Huesca, que narra las incontables aventuras de un trozo de carne viva que despliega una asombrosa actividad en varios frentes. Y, en relación con él, los putrefactos, desde los burros impasiblemente aposentados en los pianos de Un perro andaluz hasta –en la jerga de la Residencia– todo lo que oliera a caduco en actitud vital o estética[1]...