domingo, 29 de enero de 2017

La violencia en Luis Buñuel

Violencia es una de las palabras que más aparecen cuando se habla del cine de Buñuel, pero antes de hablar de este tema en relación con su cine, veamos este diálogo entre Luis Buñuel y Max Aub:
—En el fondo, el tema fundamental de tu arte es la violencia.
—Sí.
—Es el tema que a todo el mundo ha dejado verdaderamente estupefacto. No ha habido ningún director que... No, no hablo de crueldad física. La furia, lo que se llama la violencia, estar fuera de sí, el ímpetu sin barreras, la fuerza, obrar—a veces—fuera de razón y justicia, la ira... Exactamente todo lo que, a partir de cierto límite, me lleva a mía contemplar las cosas desde la barrera. Pero tú eres un hombre violento en el sentido en que eres capaz del disparate, ¿verdad?
—Sí, es cierto.
Un perro andaluz
—Sin poder...
—Frenarme. Aunque a los dos minutos recorro mi camino en sentido contrario.
—Bueno, pero esos dos minutos...
—Lo primero es instintivo y por encima de mis razones, la violencia me sale. Ahora ya pocas veces, pero me ha servido mucho.
—¿Te has sentido empujado por ti mismo, salido de ti? ¿Desde qué edad? ¿Lo recuerdas?
—No.
—¿Siendo niño?
—Sí.

—De pronto por...
—Prontos de violencia, sí. Eso, desde niño.

domingo, 15 de enero de 2017

El último aliento de Luis Buñuel

Luis Buñuel murió el 29 de julio de 1983, aunque ya llevaba meses enfermo. Según su esposa, Jeanne Rucar “comenzó a ponerse mal después de la visita que le hizo el presidente Miguel de la Madrid el 22 de febrero de 1983, el cumpleaños de Luis… Poco a poco tuvo dificultades para caminar. Procuré estar a su lado cuando se duchaba, por si le fallaban las piernas. Colocó una de sus pistolas en el cajón de la mesa de noche con un sobre cerrado: PARA SER ABIERTO CUANDO MUERA.
Imagino que pensó, durante su enfermedad, en el suicidio…
Era diabético, su salud empeoró paulatinamente: las piernas, luego los ojos, comenzaron a fallarle, no podía leer, eso lo irritaba. Contratamos a una enfermera para que me ayudara a bañarlo y a cuidarlo. No se dejaba bañar por ella. «Vamos, don Luis, si no nací ayer...» «No.» Pobre Luis: desesperado, sin libros, sin salidas y hasta con dificultades para hablar. Sólo las visitas del padre Julián le daban la oportunidad de escapar un rato, cada tarde, de su enfermedad. Procuraba no salir, sabía que a Luis lo reconfortaba saberme cerca. Salí una vez, aprovechando la visita del padre Julián:
—Luis, tengo que ir al doctor. No tardo. En una hora estoy de vuelta.
Lo besé. Se puso a llorar. Esas lágrimas me inundaron el corazón. Fue la segunda y última vez que lo vi llorar. ¡Qué tan débil no estaría! Cuando murió nuestra perra «Tristana» él me comentó: «Es curioso, Jeanne, al enterarme de la muerte de mi hermano no lloré, en cambio por "Tristana" sí, vivió ocho años con nosotros.» Es triste la vida.[1]

lunes, 2 de enero de 2017

La revolución en Luis Buñuel

Fue durante la estancia de Luis Buñuel en la Residencia de Estudiantes de Madrid cuando empezaron a cuajar en él sus ideas radicales. Frente a otros miembros de la generación del 27 que preconizaban la separación del arte de la política, algunos, como Buñuel, vinculan el arte a la subversión y la revolución político y social: “Mientras él frecuentaba los cafés “mugres”, donde se reunía con ultraístas y anarquistas, Lorca se iba a los cafés a los que acudían “los intelectuales de primera clase”...Dentro de aquel movimiento, la nueva extrema izquierda aúna la revolución tecnológica con la social, adoptando procedimientos anárquicos y subversivos. Aquella vinculación entre ultraístas y anarquistas la viviría Buñuel, que evoca cómo los partidarios de ambos frecuentaban los mismos cafés, el de Castilla y el de Platerías (donde trabó amistad con los anarquistas Ángel Samblancat y Gil Bel), y participaban unidos en acciones de agitación y política social...” [1]
Aunque Buñuel escribiera el texto siguiente para referirse a los surrealistas, encaja aquí perfectamente: La mayoría de aquellos revolucionarios —al igual que los señoritos que yo frecuentaba en Madrid— eran de buena familia. Burgueses que se rebelaban contra la burguesía. Éste era mi caso. A ello se sumaba en mí cierto instinto negativo, destructor que siempre he sentido con más fuerza que toda tendencia creadora. Por ejemplo, siempre me ha parecido más atractiva la idea de incendiar un museo que la de abrir un centro cultural o fundar un hospital.[2]